Jordi Amenós (1)

Jordi Amenós es terapeuta Gestalt especializado en narrativa terapéutica y constelaciones familiares. También ha sido guionista en el mundo del espectáculo, de manera que conoce bien el poder de las historias para ayudar los alumnos a identificar estados de ánimo y gestionar positivamente sus emociones. Ha creado la narrativa terapéutica, un enfoque de crecimiento personal «que focaliza en la manera que tenemos de explicar la vida». Es el autor del libro ¿Dónde está la luna?, una obra que invita a imaginar cuentos en familia. El 27 de noviembre del 2019 participó en la Jornada de innovación pedagógica de Didacta+.

 

¿Cómo y cuándo empezó la humanidad a explicar historias?

Jordi Amenós: Según algunos de los estudios fue el hombre de Neandertal. La mitología nació para que los seres humanos pudieran relacionarse con el misterio de la vida. A partir de aquí se hablará en cada cultura, por primera vez, de los dioses. La narración de historias y mitos ayudaba las culturas a conocer la sabiduría de la vida, pero sobre todo acompañaba las personas en su tránsito vital. Su camino desde la infancia a la madurez.

 

¿Qué quiere decir que somos seres narrativos?

J.A.: Nuestro primer idioma común en la historia de la humanidad es la mitología, por tanto, una expresión narrativa. Y nuestro primer idioma común en nuestra biografía es la narrativa. El pequeño conoce el mundo a partir del pensamiento mágico en la primera infancia; posteriormente racionaliza su experiencia. Vivimos siempre contándonos historias, consciente o inconscientemente.

 

¿Crees que se necesita cambiar la manera de trabajar en las clases de primaria y secundaria?

 J.A.: Personalmente creo que el sistema educativo ya hace mucho tiempo que da serias señales de que alguna pieza no está bien puesta. Cada vez hay una demanda más fuerte de orientación por parte de los docentes en educación emocional y conocimiento de nuevas pedagogías que puedan ayudar en el aula. De hecho, el sistema aún funciona por la enorme generosidad de los docentes. Creo que el planteamiento que debemos hacer como sociedad es mucho más profundo. Hoy en día un alumno se pasa toda la primaria, unas 35 horas de media a la semana, en un aula sentado y evaluado. Esto genera una experiencia introyectada. Si el alumno vive tantas horas sentado y evaluado llega un momento en que esto genera consecuencias en su vida emocional. Lo veo en mi trabajo continuamente: personas con grandes estudios, con muchas habilidades y competencias, gente de éxito según el sistema educativo, pero con una desorientación existencial y un desconocimiento enorme de cómo pueden abordar la experiencia de estar vivos. Esto creo que es suficientemente importante como para hacer una reflexión seria como sociedad.

 

¿Crees que el profesorado de secundaria, en general, tiene más dificultades para empatizar o conectar emocionalmente con sus alumnos?

J.A.: Creo que vivimos un tiempo donde la empatía es difícil de cultivar. La «pantallización», las prisas del mundo occidental, la cultura mediática de la mentira, la desconexión profunda con la experiencia humana, el distanciamiento de la natura, el fanatismo, etc., demasiados vientos en contra para poder encontrarnos en confianza como seres humanos para hablar libremente de lo que nos pasa o de lo que necesitamos. Por eso es muy urgente humanizarnos en el aula.

Cuando voy a los institutos de secundaria, a dar una conferencia o a hacer alguna actividad formativa, me encuentro con una paradoja: los alumnos de secundaria me dicen que necesitan más espacio de expresión y comunicación, más humanidad. Los claustros de profesores me expresan las mismas necesidades. Pero a veces el día a día en el aula no les permite todo eso, aunque todos lo pidan. Es un tema de cultura y sociedad.

 

¿Cómo conecta el hombre moderno con el mundo y la naturaleza respecto al hombre ancestral?

J.A.: Nosotros vivimos el mito cientificotécnico. El hombre moderno no respeta la naturaleza, es evidente. La ha visto como un elemento a dominar o para aprovecharse de ella. Nos hemos olvidado de que somos naturaleza. Otras culturas tribales tenían muy claro que eran naturaleza y, por tanto, el respeto a la naturaleza era una forma de amor propio y de cultivar la vida en la tribu.

 

¿Por qué dices que en la sociedad occidental se necesita recuperar la dimensión onírica y la mitología?

J.A.: El mito cientificotécnico es fundamental en una verdad curiosa: solo aquello que es demostrable es verdad, y eso funciona muy bien para la ciencia, la medicina, la ingeniería, etc., pero no funciona en el arte, el amor o la espiritualidad. Nuestra cultura niega la dimensión instintiva, niega el mundo onírico, a no ser que hagas terapia o te interese el mundo de los sueños. En nuestra cultura los sueños son algo extraño que ocurre durante la noche. Son expresiones propias de la persona que pueden orientarla, ayudar a integrarla, conocer otras formas de leer el mundo y la vida.

La mitología orientaba a las personas para vivir e, incluso, para despedir la vida. Una cultura que niega la sabiduría de los mitos, poemas y cuentos, pierde una parte que requerimos como humanos para sentirnos vivos.

 

¿Cómo podemos ayudar a nuestros alumnos a romper con las etiquetes que arrastran?

 J.A.: James Hillman decía que somos una cultura que no tiene conciencia narrativa. Creo que es importante que tomemos conciencia de cómo nos narramos y etiquetamos de forma inconsciente.

 

¿Ser cristales rotos, nos humaniza?

J.A.: Totalmente. El ser humano es un cristal roto. Esto nos hace vulnerables, pero nos da la semilla de la compasión, la fuerza para poder crear nuestro propio viaje heroico. Es también la puerta del arte. Hoy en día oigo demasiadas veces en el aula palabras como poder, objetivos, habilidades, competencias, etc. Pero también pienso que se deberían decir palabras como necesidad, expresar, dolor, alegría, deseo, silencio, amor. De hecho, creo que en el mundo hay dos grandes tipos de personas: las que saben que están rotas y las que aún no lo saben o lo niegan. Y los peligrosos son los segundos.